Y el covid 19 entra en nuestras vidas: algunas reflexiones

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Nada indicaba el pasado 29 de febrero, cuando salí de viaje con mi marido, lo que estaba por llegar. Nada, o mejor dicho, poco. Las noticias provenientes de China no eran buenas. Pero ¿quién se preocupaba, en aquel momento, por China con lo lejísimos que está?

El día 29 salimos desde Monterrey rumbo a Nueva York. Dejábamos a las niñas con mis suegros, que habían venido tres semanas a vernos. El objetivo del viaje era visitar las dos opciones más factibles de nuevos destinos para los próximos tres años: NY y Tel Aviv. Todo resultaba emocionante.

Como llevábamos tiempo sin pasar por España decidimos hacer escala en Barcelona, ver rápidamente a la familia y seguir rumbo a Israel. La posibilidad de pisar Tierra Santa y conocer Jerusalén me resultaba demasiado apetitosa.

El 29 pusimos rumbo a NY. Visitamos la zona de Westchester, donde nos instalaríamos de elegir NY como primera opción en el bombo, y exploramos cómo sería nuestra vida allá. Todo iba viento en popa. Nueva York nos recibió con un frío gélido y unos cielos espectaculares. La ciudad estaba preciosa. Entre nuestra larga lista de asuntos pendientes pudimos sacar tiempo para conocer la zona de Hudson Yards. Maravillosa.

Dos días más tardes nos embarcamos rumbo a España. Los aeropuertos no estaban a pleno rendimiento, pero siendo temporada baja resultaba bastante normal. Cada vez era más frecuente ver gente con mascarilla, aunque aún no resultaba llamativo.

Aterrizamos en Barcelona el día 3 de marzo. El vuelo a Tel Aviv despegaba el 7. Teníamos tres días para disfrutar de padres, hermanos y, sobre todo, de Marina. El día 4, mientras hacíamos la compra en Mercadona, recibimos la noticia de que Israel había cerrado sus fronteras a los viajeros provenientes de España. Mi país comenzaba a considerarse zona altamente infectada. Pero en España la vida seguía exactamente igual.

El viaje a Israel y mis ilusiones de conocerlo se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos. Viendo cómo evolucionaban los hechos decidimos adelantar nuestro regreso a México. La noche del sábado 7 de marzo aterrizamos en Ciudad de México. Sólo había pasado una semana desde nuestra partida y el mundo comenzaba a cambiar a un ritmo vertiginoso.

Los infectados por COVID 19 se disparaban en Italia. En España, a pesar de que las autoridades lo negaran, también comenzaban a ser demasiados. En los aeropuertos se respiraba más tensión. Y cada vez eran más los viajeros con mascarilla.

Al llegar a México, la escuela de mis hijas, el ASFM de Monterrey, impuso una cuarentena obligatoria a todos aquellos que hubieran viajado al extranjero las últimas dos semanas. Podía parecer exagerado en aquel momento porque en México casi no había contagiados, pero viendo como han evolucionado los acontecimientos fue una decisión más que acertada. Cinco días más tarde, el viernes 13 de marzo, se suprimían las clases y se iniciaba el Distance Learning Program.

La distancia social auto impuesta en las últimas semanas en la zona de San Pedro Garza García ha permitido, sin duda alguna, que nos ahorremos muchos contagios. Aquí la mayor parte de familias hacen cuarentena voluntaria indefinida porque las autoridades no han decretado ningún estado de alarma. Han obligado al cierre de clubs, gimnasios, bares y restaurantes, y se han cancelado eventos culturales. Pero todas esas medidas se han adoptado a nivel local o estatal, en ningún caso a nivel nacional.

López Obrador sigue afirmando que la honestidad parará el virus y enseña una estampita de la virgen como toda protección. Para él no es necesario adoptar medidas más drásticas. Y el vice gobernador de Puebla afirma que la gente humilde está inmunizada, sólo los ricos se contagiarán. No sé exactamente a qué juegan.

O quizás es que están dispuestos a asumir varios miles de muertos antes que parar la economía. En un país con una gran parte de la población malviviendo al día, sin ayudas sociales, y cobrando a la semana sólo si acuden al trabajo, no parece una opción muy realista el #quedateencasa.

Dejando de lado las excentricidades de las autoridades mexicanas, yo sí me pregunto si en un país como éste el coste de parar la economía no será superior, en vidas humanas, al de no pararla. Y esa duda no consigo resolverla.

En un panorama como el actual únicamente los estratos más favorecidos hacen cuarentena. El resto del país sigue viviendo como puede, reza a la virgen de la Guadalupe y te afirma, sin que se le quiebre la sonrisa, que de algo hay que morir.

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