¿Y cómo vive el cambio de destino una familia viajera?

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«A menudo la gente que acabo de conocer me pregunta cómo vive los cambios de destino una familia  de diplomático. Sobre todo les interesa saber cómo lo aceptan los niños. Para comenzar diré que la respuesta es compleja ya que cada miembro de la familia tendría su propia versión. Recogeré pues la mía, la de la madre.

Hay momentos inolvidables y otros más complicados. Y esos momentos complicados, los inolvidables son más evidentes, suelen surgir entre la inminencia de un cambio de destino y la integración en la sociedad que te recibe. Llevamos dos años en México y aunque quedan muchos meses por delante cuando regresemos del verano se iniciará el fin de una etapa. La cuenta atrás, nuestro último año. Pasadas las vacaciones daremos nuestro primer paso en esa etapa más compleja.

Antes de tener hijos pero consciente de una vida que me llevaría de país en país interrogué a algún compañero de mi marido sobre cómo vivían los cambios de destino sus hijos. La mayoría me decía que por lo general bien, que a la larga siempre agradecían el haber tenido tantas experiencias y que solía haber pocos momentos verdaderamente complicados. Me arrepiento ahora de no haberlo comentado en más profundidad con las madres de esos niños porque seguro que me habrían contado más cosas. Quizás no habrían hablado tanto de los hijos sino sobre ellas. Y es que el peso de la estabilidad de los hijos durante la transición cae con mayor fuerza sobre la madre. Su estabilidad y bienestar es fundamental para el éxito ya que en la fase de integración en un nuevo destino la madre debe emplearse a fondo. Y casi nunca es un camino de rosas.

Comparto la idea que me trasladaron los colegas diplomáticos de que pocos cambios cuestan mucho, pero todos los cambios cuestan, por lo menos un poco. Y si una madre ya tiende a preocuparse porque el desarrollo emocional de su hijo sea el adecuado, con cambios de colegio y país de por medio, y sin el apoyo familiar del que se goza en España aumentamos la dificultad.

Como es evidente no a todos los hijos les cuesta el cambio de la misma manera, ni los hermanos coinciden en valorar como complicado el mismo cambio. También depende de dónde a dónde te vayas. Tampoco es lo mismo irte de un sitio donde todos los compañeros de la escuela son locales con alta movilidad de los niños. Cuanto más internacional el ambiente menos cuesta la integración y el cambio porque esa itinerancia se convierte en la norma y los niños pueden compartir su experiencia con mayor normalidad.

Últimamente mi hija pequeña, de 6 años, es quien lo vive peor. Se inquieta cuando me preguntan cuánto tiempo nos queda en México. Ella se fija en mi respuesta y enseguida me pide que intente convencer a su padre para que nos quedemos siempre aquí porque aquí viven sus amigos. Pero la vida del diplomático no ofrece esta posibilidad.

Su hermana mayor, de 9 años, lo vive con mayor templanza. Este será su segundo cambio y responde con un «tonterías» cuando le pregunto sobre qué piensa de los miedos de su hermana. Pero a pesar de esa seguridad que muestra también sé que, como es lógico y aunque no lo quiera reconocer, a ella también le afecta.

Pero no nos engañemos quien lo sufre más es sin duda la madre porque ella sufre por todos. Por la pequeña de 6 y por la grande de 9. Y también por el marido y por la familia que se quedó en España. Porque es consciente de las dificultades a las que se pueden enfrentar y porque con cada cambio y diferentes mimbres tiene que construir un hogar. Y tendrá que hacerse nuevamente amiga de madres de niñas de la escuela, participar en la vida del colegio como si llevara toda su vida en él porque todo eso facilita la integración de los hijos.

Hay sociedades fáciles como la mexicana y otras más cerradas como la francesa. Pero además la madre también tiene que preocuparse por sí misma, por dedicarse tiempo y sentirse realizada porque de lo contrario los cimientos no aguantarán el edificio. Los hijos se fijarán en ella en la búsqueda de seguridad y para confirmar que todo está bien.

Y para que todo funcione correctamente el padre, además de sus obligaciones profesionales debe velar por la madre. Generalmente si los hijos están bien la madre también está a gusto. Y si la madre está a gusto pues el padre también. Y todo se convierte en un enorme círculo de bienestar. Nada diferente en realidad a lo que sucede en una familia cualquiera pero con la particularidad de que hay más cambios y menos apoyos familiares en la ecuación.

Se inicia la etapa de las quinielas, de la elucubración dentro de la pareja ¿cuál será el siguiente destino? Y el mundo se abre ante nosotros. Como sucedió con la anterior elección hay multitud de aspectos a tener en cuenta y afortunadamente lo seguimos viviendo con mucha emoción. Conoceremos gente nueva, lugares nuevos, culturas nuevas; tendremos nuevas experiencias incluso quizás aprenderemos una nueva lengua. Una nueva vida, en realidad. La novedad en esta ocasión es que la elección no la tomamos sólo dos personas, ahora seremos cuatro, o por lo menos tres y medio.

La vida del diplomático tiene un componente de emoción que la hace muy atractiva aunque no está exenta de dificultades.

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