Sobre los disturbios de Barcelona

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Sufro en la distancia los disturbios de Barcelona. Esa distancia me ofrece tranquilidad. Nadie está a las puertas de mi casa incendiando un container o me tiene bloqueada durante horas en una carretera. No oigo gritos constantes en las calles ni les tengo que explicar a mis asustadas hijas pequeñas por qué los jóvenes tiran piedras o cócteles molotov a policías que como su tío Ricardo se esfuerzan por restablecer el orden. Pero la distancia crea incertidumbre y desasosiego porque no soy capaz de tomar exactamente el pulso de los acontecimientos.

Mis hermanos me mantienen al día. Ellos sí lo sufren en primera persona porque los cuatro viven en el corazón de la ciudad. Todos han estado bloqueados en el aeropuerto, o en el metro, o en el coche. Han visto como al caer la noche los cruces de sus calles arden y empieza la marcha.

Los jóvenes salen a la calle, se arman de piedras y palos y se dirigen tan tranquilos bebiendo cerveza a enfrentarse con las fuerzas del orden. Luego llegan los gritos, las cargas policiales y las sirenas de los bomberos. Lo más triste es que los protagonistas de todos los altercados con la policía son chavales de entre 16 a 23 años que juegan a la revolución.

Cuando el ambiente se calma mis hermanos salen entre fuegos y barricadas a pasear a sus perros. No son más que sufridos habitantes de esa ciudad maravillosa que un día fue Barcelona y que por alguna razón muchos se empeñan en destrozar.

Cientos de latas de cervezas marcan el camino de los manifestantes

 

 

Es triste. Lamentable. Una falta de respeto a todas las revoluciones que han sido necesarias para que el ser humano avanzara. Para que se consiguieran tantísimos derechos. Para que España se convirtiera en el país democrático que muchos independentistas se dedican a denostar y destrozar. Me pareció demasiado sintomática la foto de dos chavales con las caras tapadas haciéndose un selfie frente a una barricada en llamas. Al poco estaba publicada en Insta. «¡Qué guay!» – debieron pensar sus protagonistas. Y yo no ceso de preguntarme ¿en qué se ha convertido Barcelona? ¿no se dan cuenta que se les va a ir de las manos? ¿qué clase de lucha es esa?

 

Dos jóvenes haciendo un selfie ante una de las barricadas

 

Perpleja también me dejó la Influencer rusa paseándose imponente ante las ardientes barricadas. Del desprecio que me produce prefiero no publicar la foto. Qué asco siento. Qué ridículo todo.

No entro en ideologías. Mientras respeten al prójimo todas me parecen fenomenal. Que cada cual piense y defienda lo que quiera dentro del juego político democrático. Demasiado sufrimiento ha costado el llegar hasta aquí como para renunciar a nuestra libertad. Respeto a los que quieren manifestarse pacíficamente en un marco de convivencia establecido. Pero desgraciadamente todo eso quedó ya atrás en Barcelona. O algunos se empeñan esta semana en que quede atrás. El nacionalismo mira descaradamente a otro lado cuando aparece la violencia, la que ellos crean porque hay que tener en cuenta que esa violencia la están generando jóvenes independentistas que han sido criados durante años en un ambiente de odio hacia España. Ahora aprovechando su desacuerdo con una sentencia judicial han decidido que esta justificada.

 

De Barcelona a México

Hoy como cada día, aquí en México, me dirigí a la escuela a dejar a mis hijas. Y como cada mañana me crucé con varios camiones o pick ups cargados de jóvenes de entre 16 y 23 años. La imagen para una europea es siempre impactante aunque ya me haya habituado porque los transportan como si fueran ganado pero ellos, jóvenes mexicanos o centroamericanos, van tan contentos porque la otra alternativa es ir andando. Y eso es bastante más jodido. Van a trabajar, qué si no… A trabajar en una de las múltiples obras que hay en la ciudad o a alguna maquiladora de los alrededores. O en cualquier otro lado.

Su semblante suele ser serio, normal a las 7 de la mañana. Llevan sus pañuelos para taparse la boca del polvo o para secarse el sudor, se calan una gorra para protegerse del sol y visten sus vaqueros anchos y sus camisetas como cualquier otro chaval. Tampoco es extraño que decoren su rostro con un piercing. Pero nada de lo que llevan es de marca. No calzan zapatillas deportivas a 200 euros el par ni se van haciendo selfies para subir a instagram.

 

Camión cargado de trabajadores en Alfonso Reyes

 

Inmediatamente he pensado en los chavales de Barcelona. Los que juegan a la revolución. Los de los selfies. En realidad podrían intercambiarse y salvo por el precio de sus bambas y rasgos algo más blancos no me daría ni cuenta porque ese look desaliñado está de moda en Barcelona. Pantalones caídos y roídos, camisetas extra large desteñidas, piercings y cara tapada para que no te identifique la policía. Pero qué diferentes son los unos de los otros. Qué estúpido me parece todo.

Y me he acordado de lo que me dijo mi suegra: «los que se manifiestan en Barcelona no son más que niñatos subvencionados». Cierto. Los de Barcelona son niñatos subvecionados que juegan a la revolución y a enfrentarse con la policía. Niñatos que no tienen ni idea de lo que es la vida ni sospechan lo dura que puede llegar a ser porque precisamente lo tienen todo pagado. Y a quienes les da exactamente igual que se tome como rehén a una mayoría de los barceloneses que están hasta las narices de tanta violencia. Los de México son chavales que o se ganan la vida o no comen porque no tienen a nadie, ni público ni privado, que les pague los caprichos. Ellos sí merecen todo mi respeto.

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