Oliendo la primavera

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Nunca había vivido un invierno tan duro. En Barcelona son suaves, casi inexistentes. En Perpignan básicamente ventosos. En Monterrey extremadamente benignos, pero esquizofrénicos. Nueva York es otro cantar. Aquí las estaciones son como nos las explicaron de pequeñitos en la escuela: duran tres meses y sus diferentes rasgos están muy marcados.

El frío y la nieve nos han acompañado desde pocos días antes de Navidad. Ahora recuerdo como muy lejano aquel primer día de nieve en el que sentimos tanta emoción. Desde entonces ha habido muchos más. El sol ha brillado pero sus rayos casi no han calentado y pocos han sido los días en los que la temperatura ha subido de los 5 grados. Todos dicen que este invierno ha sido especialmente severo, habrá que confirmarlo el año próximo.

A dos semanas de que oficialmente llegue la primavera los rayos del sol por primera vez calientan de lo lindo. Hoy la máxima se ha aventurado por encima de los 16 grados. La nieve acumulada en los jardines se ha derretido con rapidez dando paso a una melodía de trinos de pájaros y agua que corre. Una sinfonía de primavera al más puro estilo Vivaldi. Una bocanada de vida que ha sido toda una bendición. Un anuncio de lo que está por llegar.

 

Manhattan

Incluso Manhattan tenía otro rostro. Las escaleras del Met, solitarias durante los meses de nieve, volvían a estar repletas de gente conversando y calentándose al sol. Central Park también vibraba de actividad: niños jugando, músicos en todas las esquinas con los más variados instrumentos, paseadores de perros, corredores, ciclistas y trabajadores de oficina provistos de sus sandwiches agotando al sol hasta el último minuto de la pausa de la comida. El Sheep Meadow estaba repleto de gente haciendo picnic, más de un valiente iba sin camiseta. El sol y la buena temperatura los ha sacado a todos a la calle. Sólo faltaban los turistas pero a estas alturas ya ni se les echa de menos.

Los árboles siguen sin hojas pero me he percatado de que, si miras detenidamente, ya puedes ver en la desnuda rama cómo el milagro empieza a producirse. Mi arce japonés no es una excepción. tampoco el olmo. Ayer estuve arreglando los destrozos que ha hecho el invierno y todas sus ramas están ya repletas de minúsculos brotes que crecen con cada rayo de sol.

 

Hibernando

Entre la pandemia y el invierno siento haber estado tres meses en hibernación. Una verdadera vida de oso, aunque durmiendo algo menos que ellos. Todo el vecindario ha hecho lo mismo. Vi a los vecinos para Navidad y las mañanas siguientes a las grandes nevadas salían como para comprobar que el mundo seguía en pie, pero después desaparecieron. Solo las luces de sus casas delataban que seguían con vida. Tanta hibernación no sé si es fruto de la pandemia o del invierno, seguramente una combinación de ambas.

Hoy eran cuatro los vecinos de la calle que sacaron sus sillas al jardín delantero para calentarse al sol. He sentido extrañeza al verles nuevamente el rostro pero he celebrado internamente que la vida vuelva a invadir el espacio exterior.

 

Las estaciones de Westchester

Claramente la vida en este lugar gira en torno a las estaciones. Es una sensación extraña estar tan condicionado por ellas, algo que no había experimentado nunca. Te proporciona una conexión con la naturaleza que es difícil de sentir en la gran ciudad. Una conexión que lo empequeñece todo porque la vida sigue su ciclo independientemente de ti, o de la pandemia. Todo es un ciclo imparable y ahora, cuando el invierno se retire, toca la primavera.

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