Cruzamos al norte: de Monterrey a Little Rock (parte I)

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Comienza la aventura

Son las 6.30. Aún no ha amanecido. San Pedro sigue dormido, igual que nuestras niñas. El termómetro marca 28 grados. El día se las promete caluroso.

Ultimamos los preparativos y nos ponemos en marcha. Nos queda una larga jornada por delante. Vamos rumbo a Nueva York para buscar el que será nuestro hogar durante los próximos tres años.

Si todo va bien hoy llegaremos a Little Rock, Arkansas. Por el camino pasaremos por Laredo, San Antonio, Austin, Dallas y Texarkana. No habrá tiempo para pasar por el famoso cruce donde mataron a Kennedy ni para ninguna visita turística. Habrá que dejarlas para otro viaje.

Tenemos 3300 km por delante. La distancia me impresiona. Nunca he hecho un viaje en coche tan largo. Hemos programado 3 días de viaje, pero todo dependerá de la frontera americana. Actualmente está cerrada. Nuestro visado nos debería dejar pasar pero en esta frontera uno nunca está seguro de nada.

Dejamos San Pedro

El día se levanta lentamente. Agarramos la avenida Gonzalitos. Cruzamos Monterrey, Escobedo y Apodaca. Dejamos atrás las montañas. Siento cierta nostalgia. En una semana regresamos a recoger a las niñas, pero nuestra partida de México ya está en marcha.

La carretera hacia el norte transcurre por una gran extensión semidesértica llena de matojo y cactus. La luz del amanecer es preciosa y le da al paisaje un aire místico. Doscientos kilómetros nos separan de Estados Unidos.

Yo soy la encargada de conducir hasta la frontera. El firme de las carreteras mexicanas deja mucho que desear y con el coche tan cargado la cosa se pone peor. Gauden dormita a mi lado.

Llevamos el coche hasta arriba de maletas. Incluso le hemos puesto un maletero tipo Thule en el techo. En México lo llaman hamburguesa, me encanta.

Llegamos sin contratiempos al paso fronterizo del puente de Colombia, en Laredo. No hay nadie haciendo cola. Enseñamos los pasaportes y nos preguntan si llevamos droga o alguna persona escondida en la camioneta. Nos reímos y confesamos que solo llevamos algo de fruta y comida para el viaje. Los guardias están relajados y de buen humor. Se nota que hay poco trabajo. Nos dejan pasar sin problemas.

Texas

Las carreteras del lado estadounidense son otra cosa. Hemos pasado al primer mundo. En la radio comienza a sonar música country y abundan las pickups con pegatinas de apoyo a Trump. Hemos llegado a Texas, territorio republicano, cuna de la familia Bush.

Texas es una llanura interminable, prolongación topográfica del norte de México. Pero, caprichos de la vida, aquí hay petróleo y allá no. Eso lo convierte en un territorio riquísimo. Del lado texano los campos están cultivados y las carreteras bien señalizadas. Se respira un orden del que carece el norte de México.

Empezamos a cruzar Texas. Nos va a tomar todo el día.

Dejamos atrás San Antonio, su Riverwalk y el épico Álamo. Recuerdo cuando fuimos con Francisco, Melissa y las niñas al poco de llegar a México. Las niñas disfrutaron muchísimo.

La ruta de hoy sigue la interstate 35 rumbo norte hasta Dallas. Luego cambiamos a la 30 dirección Memphis. En la radio suena la banda sonora de The detectorists, emocionante. El paisaje se va quedando atrás.

A mediodía el termómetro marca los 34 grados. Hoy sobrepasará los 40. Entre San Antonio y Austin abundan los centros comerciales. Los estacionamientos, llenos hasta arriba, demuestran que todo está abierto al 100%. Texas fue de los primeros estados en reabrir la economía a pesar de la crudeza de la pandemia.

El tráfico se va haciendo más denso a medida que nos aproximamos a la capital del estado, Austin.

Llevamos cientos de kilómetros y el paisaje no ha variado. Ni media colina en el horizonte. Tampoco hay árboles. Texas y sus centros comerciales, se están haciendo muy aburridos. Esto es inmenso. A los colonos que lo atravesaban en carreta se les debía hacer insoportable. Encima con indios acechando. Suerte que el aire acondicionado del coche funciona porque la temperatura sigue subiendo.

Para nuestro regocijo la gasolina, elemento importante en este viaje, es muy barata en Estados Unidos. Llenar el depósito nos cuesta unos 25-30 dólares. En España no bajaría de los 60 euros. Ventajas de ser productor. Tampoco hay peajes a lo largo del camino….

Llegando a Austin aumenta considerablemente el tráfico. Desde el coche vemos el downtown con sus rascacielos y el Capitolio.

Seguimos rumbo a Dallas. Nos quedan 300 kilómetros por delante. Volvemos a adentrarnos en tierra de nadie. El paisaje texano sigue igual de monótono. La vegetación es escasa y el calor aprieta fuerte. Ya estamos por encima de 41 grados. El sol no perdona.

Tres horas más tarde pasamos Dallas y avanzamos hacia el este. Por fin el paisaje comienza a cambiar y baja algo la temperatura. Esta zona cercana a la frontera con Arkansas es más verde. Se nota que hay más agua y la tierra es mucho más fértil.

Arkansas

Nos acercamos a Texarkana. Esta ciudad, fundada en 1820, debe su aparición a la construcción del ferrocarril durante el XIX. El municipio marcaba la frontera con México hasta que en 1846, tras la guerra con Estados Unidos, Texas se independiza. México pierde entonces buena parte de su territorio. Ahora Texarkana está en el límite entre Texas y Arkansas.

Seguimos adelante. Little Rock, la capital del estado, queda a unas dos horas. Paramos allí. El sol comienza a caer. De repente el aire acondicionado deja de funcionar. No me jodas, Rafa.

El aire acondicionado

Llegamos al hotel asfixiados de calor. Parece que el aire está fallando. Un chaval, que está tomando cervezas en el estacionamiento, nos ve con cara de preocupación y se nos acerca. Le preguntamos por algún taller. Estamos de suerte, él es mecánico. Nos indica que vayamos a comprar gas a una tienda a pocos kilómetros y que él nos ayuda a ponerlo. Son casi las 9 de la noche. Hacemos lo que nos dice. Regresamos con el gas. Rezamos un poco a todos los Santos que conocemos para que sea solo el gas y no el compresor.

Tenemos mala suerte. El calor de Texas ha podido con el aire del coche. El gas se escapa del compresor. El chaval, muy simpático nos dice: You’re fucked.

Nos vamos a dormir algo derrotados por el cansancio y los acontecimientos. Mañana será otro día.

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