De viaje por Chiapas

Uno no puede irse de México sin haber conocido Chiapas. No tanto porque tenga paisajes espectaculares o restos precolombinos de primer nivel sino porque supone un importante contrapunto. Sin Chiapas el cuadro de México resulta incompleto. El mestizaje que caracteriza México aquí no se produjo, o se produjo en menor medida, y la presencia indígena es mayoritaria. Uno se sorprende de lo poco que parecen haber cambiado algunas de sus comunidades. Por estas tierras los siglos han pasado de manera diferente. No es infrecuente, por ejemplo,  ver mujeres descalzas y vestidas con sus ropas tradicionales o que determinados poblados vivan de forma similar a como lo hacían hace siglos.

La presencia de lenguas indígenas, hay unas 12 reconocidas, es importantísima. De hecho, la lengua de uso común entre las comunidades indígenas no es el español, algunos ni siquiera lo hablan. El catolicismo también es menor aquí que en el resto de la República y muchas veces está mezclado con creencias indígenas o credos evangélicos.  Eso hace que el turista que visita Chiapas lo haga desde fuera, sin integrarse verdaderamente en la comunidad chiapaneca, y cuando hablo de turista me refiero también al turista mexicano, al blanco o al poco mezclado. Ellos también visitan Chiapas como si de otro país se tratara.

Aterrizamos en Tutxla Gutiérrez, capital de Chiapas, a mediodía del sábado 12 de octubre para pasar el fin de semana. El alquiler del coche y la salida del aeropuerto fueron muy rápidas por lo que hacia la 1 ya estábamos camino del famoso Cañón del Sumidero que se encuentra a las afueras de Tuxtla. El cañón es un desfiladero impresionante que alberga en su seno al río Grijalva. No fue navegable hasta la construcción de la presa de Chicoasén a finales de los años 70 que se completó con una central hidroeléctrica. La construcción de la presa inundó algunos poblados indígenas. Sus moradores fueron reubicados y aunque se les aseguró la gratuidad del suministro eléctrico la promesa nunca se llevó a cabo. Algunos poblados indígenas ni siquiera tienen tendido eléctrico.

La construcción de la presa garantizó un caudal estable de agua del río Grijalva a lo largo del Cañón por lo que el recorrido en lancha, de unos 36 km de ida y vuelta, se convirtió en una de las atracciones más destacables de Chiapas. El cañón es una preciosidad de la naturaleza, en  algunos puntos se alcanza una altura de 1000 metros, lo cual resulta impresionante. Lástima que este Cañón haga de embudo y los aproximadamente 18 ríos que desembocan a lo largo del cauce del Grijalva conviertan determinados rincones en verdaderos basureros de botellas de plástico. Se hacen esfuerzos para recoger todas esas botellas de forma periódica pero queda mucho camino por recorrer. El consumo responsable de plásticos es, sin duda, uno de los grandes desafíos que nuestra sociedad tiene por delante.

Tuvimos la oportunidad de ver el Cañón tanto desde arriba, desde los cinco miradores a los que accedes en coche, como en lancha desde abajo. Ambos muy recomendables. La fortuna nos hizo coincidir en la lancha colectiva con un grupito de amigos que venían de la Ciudad de México y nada más iniciar la navegación empezaron a sacar tequila y cervezas, lo cual hizo el recorrido aún más divertido. La temperatura era muy agradable pero el baño no está permitido, no hay que olvidar que en algunos tramos hay cocodrilos.

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Tras la visita al Cañón nos dirigimos a la famosa San Cristóbal de las Casas donde teníamos nuestro alojamiento. San Cristóbal, apellidada de las Casas en honor a Fray Bartolomé de las Casas quien luchó a favor de los derechos de los indígenas, está a más de 2000 metros de altura por lo que el cambio térmico era muy notable. La carretera que une Tuxtla y San Cristóbal es bastante buena, sin los peligrosos socavones  frecuentes en otros tramos de Chiapas. Teóricamente la autopista de peaje solo tiene un carril para cada sentido pero  los coches circulan, de facto, invadiendo el arcén por lo que se crea un carril imaginario en el centro para adelantar con comodidad. Ese pacto tácito entre conductores es francamente útil porque circulan numerosos camiones y la pendiente es continua. San Cristóbal nos recibió con un frío de mil demonios. Pasábamos del calorcito de Tuxtla y Monterrey cercanos a los 30 grados a los 13 de San Cristóbal en menos de 40 minutos. Fuimos al centro a pasear y nos sorprendió enormemente la animación y cantidad de turistas extranjeros. San Cristóbal, desde el movimiento Zapatista de los años 90, se convirtió en lugar de peregrinaje de numerosa población extranjera atraída por el movimiento indigenista. Hay locales nocturnos modernos que nada deben enviar a Ibiza, restaurantes de primer nivel y buenos hoteles. Todo eso mezclado con gran cantidad de población indígena que vienen a vender productos al turista. Muchos niños se dedican a la venta ambulante, suelen ir en grupitos y son vigilados a distancia por sus familias quienes también andan vendiendo productos. Llamó mi atención ver como algunas de esas familias indígenas entretenían a los más pequeños dándoles el móvil por lo que concluí que, a pesar de la distancia cultural, la globalización también les va alcanzando.

Al día siguiente decidimos dirigirnos hacia la frontera con Guatemala a visitar los Lagos de Montebello ubicados a unas tres horas de distancia. Nos aseguraban que los lagos eran una preciosidad pero lo que más nos interesaba era seguir descubriendo el interior de Chiapas. La carretera hacia los lagos era aceptable aunque estaba llena de topes que obligaban a casi parar el vehículo para superarlos. No es difícil imaginar que los atropellos no deben ser una excepción ya que la carretera cruza numerosas poblaciones en las que abundan los niños. La mayoría de esas poblaciones tienen nombres religiosos: Betania, Belén… Nos gustó mucho Teopisca y nos soprendió lo limpísima que estaba esta población. Tremendo contraste con el centro de Monterrey donde en determinados barrios abunda la basura.

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Iglesia de Teopisca

Atravesamos Comitán y Trinidad y cogimos ya la carretera que nos llevaba directa al parque natural. Nos resultó muy desagradable la pesadez de los guías que te obligaban a parar para ofrecer sus servicios. Algunos intentaban timarte descaradamente. Todo el camino estaba muy bien señalizado y los lagos están dentro de un parque natural vigilado por lo que no es necesario guía para ver unos lagos a los que llegas por carretera. Los lagos era bonitos pero viniendo de Europa donde hay algunos espectaculares nos resultaron algo decepcionantes. Quizás la pesadez de los guías le quitaron magia al lugar. El que más me gustó fue Cinco lagos.

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De regreso hacia San Cristóbal paramos a comer en un puestecito de la carretera que se veía muy apetecible. Tremendo acierto. Nos recibió un chavalillo muy despierto de unos 11 años que se encargó de que no nos faltara de nada. Obviamente el menú era reducido, tacos de cochinilla y quesadillas pero lo devoramos, estaba riquísimo. Todo fue acompañado de una michelada bien fría.

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Puestecito cerca de Comitán

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Tras la comida nos dirigimos a las ruinas mayas de Tenam Puente ubicadas en las proximidades de Comitán. En realidad se trata de unas ruinas menores pero no había nadie y las disfrutamos mucho más que las de Tulum con sus millones de turistas que no te dejan ni caminar. Toda la zona de Chiapas está llena de ruinas, las de Palenque son las más famosas pero la excursión desde San Cristóbal es demasiado larga.

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Ruindas de Tenam Puente

Regresamos a San Cristóbal contentos con nuestra escapada. Para cenar decidimos cambiar la comida mexicana por un italiano. En tripadvisor encontramos un local sencillo pero valorado como uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Menudo acierto. Estaba espectacular. Ni en Italia habíamos comido tan bien. Los tres platos deliciosos y el pan hecho en casa. Lo regenta Andrea, un italiano originario de Calabria que lleva más de 30 años afincado en San Cristóbal. Hace solo dos años que abrió su restaurante, la Trattoria Catanzaro. No os lo perdáis si pasáis por allí. Si vais fuera de temporada no tendréis problema pero en temporada alta mejor reservad, el local es pequeño.

 

A la mañana siguiente, y acordándonos aún de lo bien que cenamos, dimos nuestro último paseo por San Cristóbal, en esta ocasión de día. Visitamos la iglesia de los dominicos, fueron ellos quienes se encargaron de la evangelización en esta zona, la Catedral, las pintorescas callejuelas de casas de colores y el mercado Viejo. Éste último resultó muy interesante. Estaba bastante limpio, ojalá el Mesón Estrella de Monterrey estuviera así, y descubrimos una fruta deliciosa, muy parecida al Lichi, que se llama Rambután. Volvimos a tener esa sensación de que en Chiapas los siglos pasan más despacio.

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Catedral de San Cristóbal
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Iglesia de Santo Domingo
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Calle peatonal que lleva hacia el Mercado Viejo

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Concluido nuestro periplo nos dirigimos al aeropuerto con ganas de regresar a casa a ver a nuestras niñas pero contentos con la experiencia. Muchas cosas se quedaron en el tintero pero nos llevamos una buena muestra de lo que es Chiapas.

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