De paseo por McAllen

Una de las primeras cosas que aprendí al aterrizar en Monterrey es que muchas familias hacen el grueso de sus compras, especialmente ropa, en Estados Unidos. Se trata de una tradición especialmente afincada en las familias más pudientes pero no es exclusiva de ellas, ni mucho menos. Todo el que puede cruza la frontera para un fin de semana de compras en los famosos outlets y malls que se encuentran  en el país vecino. Aunque la situación ha cambiado mucho respecto a décadas anteriores, en las que en Monterrey efectivamente el surtido de productos era muy limitado, sigue siendo cierto que hay cosas aquí no encuentras.  Ni siquiera en la misma tienda la oferta es pareja. Eso hace que la tradición de ir a comprar a Estados Unidos siga muy viva.

Mi última excursión a la frontera fue hace una semana y fue especialmente divertida porque la hicimos con otras dos amigas. Para los que no conozcáis demasiado el norte de México os diré que ese viaje no está exento de supuestos peligros y es abundante la rumorología sobre la cantidad de malos, es decir narcos, que otean la carretera e interceptan de vez en cuando algún coche. Los periódicos también publican con frecuencia incidentes acontecidos en los kilómetros anteriores a cruzar la frontera, especialmente en la zona Reynosa. Un cónsul de Estados Unidos nos comentó hace meses que en cuatro ocasiones en el mismo mes habían parado al convoy de coches de su consulado en dirección a los Estados Unidos. Obviamente dicho convoy estaba conformado por camionetas suburban negras con cristales tintados, como las que salen en las películas, y muy parecidas a las que utilizan los propios narcos, por lo que los “halcones” que vigilan la autopista las confunden con las de los carteles rivales. Cuando averiguan que no son narcos los dejan pasar y nada sucede pero muestra la fuerte presencia del narco en el norte de México. Mis compañeras de viaje me comentaron que la venta de dichas suburban  había caído porque resultaban muy apetecibles para los narcotraficantes y en momentos complicados habían sido llamativos los casos de camionetas interceptadas dejando a los ocupantes en medio de la autopista. Para evitar tentaciones nosotras decidimos viajar en una “mamámóvil” de esas que suelen ir cargadas de niños, la famosa minivan Odyssey. Ningún narcotraficante querría hacerse con ella.

En realidad las probabilidades de que pase algo son muy reducidas. Personalmente no conozco a nadie que haya tenido problemas y los viajes a Texas son muy frecuentes. Tampoco quiero que mis padres se preocupen más de la cuenta al leer estas líneas pero una debe viajar sabiendo que el peligro existe. Nunca debes olvidar que estás en México. Y eso hace que a nadie se le ocurra parar en ningún punto del trayecto bajo ningún concepto. Son dos horas hasta la frontera y las necesidades se hacen antes de salir de la zona de Monterrey y pasar el peaje de la Cadereyta. Además yo siempre he pensado que tengo un Ángel de la guarda allí arriba que debió contratar mi padre cuando era pequeña y que me acompaña a todos lados.

Salimos un lunes por la mañana con poco equipaje y muchas ganas de pasarlo bien y encontrar gangas que traernos de vuelta. Durante el viaje no paramos de hablar por lo que todo el trayecto se hizo muy ameno. Cruzamos la frontera sin mayores contratiempos y llegamos a McAllen donde mi amiga Sofía tiene una casa. Recibimos las llamadas de rigor de todas las personas que estaban pendientes de que llegáramos sin contratiempos. Dejamos nuestro equipaje en la casa y directas fuimos al Outlet de Mercedes. Fue un día de compras agotador: Outlet, Mall, HomeGoods, TJMax, Target, Costco… Estados Unidos es sin duda el paraíso de las compras. Muy diferente a la manera que tenemos de comprar en Europa donde vas de tienda en tienda. Aquí todo es a lo grande. Todo son grandes superficies con cosas súper apetecibles que no necesitabas para nada porque cubren necesidades que ni siquiera sabías que tenías pero te conquistan y acabas poniendo en el carrito. Lo pasamos estupendamente. Y para celebrar el exitoso día fuimos a cenar algo rico al Pappardeaux y luego para casa. Caí redonda casi al instante pero, de vez en cuando, durante la noche abría los ojos y me reía para mis adentros viendo que mis compañeras de viaje se pasaban la noche levantándose por una razón que nunca conseguí averiguar. Hay gente que no sabe relajarse ¿o será que como tienen niños muy pequeños están acostumbradas a pasarse la mitad de la noche despiertas? Daba lo mismo, todas estábamos encantadas.

Amanecimos con tranquilidad. Recibí un whastapp de audio mi marido llevando a las niñas a la escuela en el que me enviaban muchos besitos. Me puso del mejor de los humores. Salté de la cama, nos vestimos y de vuelta a las compras. En realidad en McAllen no hay mucho más que hacer. El plan era comer sobre la 1 y regresar a Monterrey para estar con los niños por la tarde. Comimos una hamburguesa buenísima, eso también lo tiene EEUU, y nos dispusimos a organizar el maletero para que nuestras compras no llamaran demasiado la atención en las aduanas. Pusimos gasolina, porque como ya os he dicho no se puede parar una vez cruzada la frontera y de vuelta para casa. En las aduanas no tuvimos ningún problema, de lo cual nos alegramos todas,  y es que a diferencia de Europa aquí SÍ hay frontera y aunque se hace bastante la vista gorda siempre te puede tocar un policía tocanarices que te dé algún que otro disgusto. En realidad, en compras menores no suele haber casi incidentes. Y en compras de gran tamaño se suele utilizar a los chiveros que no son sino contrabandistas a los que contratas para que te traigan tan o cual mueble de Estados Unidos sin pagar aranceles. Pero este es otro tema.

Con Sofía y Gaby camino a la frontera poco antes de rezar
Con Sofía y Gaby rumbo a la frontera.

De camino a la frontera con todo el maletero organizado, gasolina hasta arriba y algo de agua  mis amigas decidieron, para mi sorpresa, ponerse a rezar. Me hizo mucha gracia.

-¿Quién quiere dirigir la oración? -dijo Gaby.

Ante la falta de respuesta mía o de Sofía empezó ella a rezar el Padrenuestro y luego Dulce nombre de María.  Y ahí nos ves a las tres rezando en el coche. Yo me sentí como que viajaba en el tiempo y me imaginaba que eso, sin duda, es lo que habrían echo mi tía Merche y mi tía Maricarmen al emprender ese viaje. De hecho lo siguen haciendo. En la España de nuestros días eso ya no se lleva entre los jóvenes pero no hay que olvidar que Monterrey es muy religioso. Y no sé si fueron sus oraciones, o las de sus madres que seguramente también estaban rezando o mi ángel de la guarda contratado por mi padre… el caso es que llegamos felices a Monterrey, cargadas con nuestra compras y habiendo disfrutado de un momento entre amigas que queda para el recuerdo.

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