Una de huracanes

Últimamente me estoy poniendo muy al día con los huracanes. Supongo que el tener previsto viajar mañana a Carolina del Norte donde presumiblemente el huracán Florence golpeará la costa con vientos cercanos a los doscientos kilómetros por hora influye bastante. Muy a nuestro pesar, y siguiendo los sabios consejos de mis buenas amigas mexicanas, tendremos que anular nuestro viaje y dejarlo para otro momento porque el turismo está bastante reñido con los huracanes y lo digo por experiencia.

IMG_1077
Martinica

En el verano de 2012 hice un viaje precioso con mi marido a Martinica y Santa Lucía. Dos joyas del Caribe, especialmente la segunda. Pero dos días antes de que regresáramos a Europa empezó a soplar algo de viento. Pasaban las horas y el tiempo empeoraba. Fue en el hotel donde nos hablaron por primera vez de que se aproximaba un huracán, el Isaac. Nadie, más que yo, parecía especialmente conmovido por la noticia, supongo que ya llevaban muchos huracanes a sus espaldas. Y más allá de una serie de consejos sobre los refugios y de mantenernos informados, no hubo otro comentario. Hicimos un intento de cambio de vuelo porque el tiempo se estaba volviendo infernal y nuestro viaje tocaba a su fin. El aeropuerto internacional de Martinica, cerca de Fort de France, era un verdadero campo de refugiados de gente sin billete que buscaba salir de la isla. Desistimos nada más ver el panorama, nos encomendamos a Dios y al diablo y regresamos a nuestro hotel.

Al día siguiente por la mañana la lluvia arreciaba y el viento era impresionante, 90-100 km/h. Años más tarde, en Perpignan, nos acostumbraríamos a esa velocidad del viento pero en el 2012 era toda una novedad. Nuestro vuelo no salía hasta por la noche por lo que nos quedaba todo un día de sufrimiento por delante. Nadie nos podía asegurar que nuestro vuelo fuera a despegar, ni la hora de salida. Mi marido decidió entonces calzarse las zapatillas e ir a correr a la playa. Yo le miré con cara de ‘¿Pero estás loco o a ti qué te pasa?’ sin demasiado éxito. Llovía a mares y las palmeras se movían como si fueran de papel, pero ni se inmutó. Afortunadamente Gauden tiene el don de quitarle hierro a los asuntos complicados, lo cual hace que a veces me sienta como una histérica pero me ayuda a relativizar y tranquilizar los ánimos. Tras cuarenta minutos sola en la habitación mirando por la ventana y con la amenaza del huracán en el horizonte apareció corriendo todo desmelenado. ‘Hace mucho viento’, me dijo. Mi cara era un poema. Acabamos de hacer el equipaje, dejamos el hotel y decidimos cruzar hacia el norte donde se encontraba el aeropuerto porque nos habían dicho que con frecuencia se inundaban las carreteras y la parte sur, donde estaba nuestro hotel, quedaba incomunicada.

Conseguimos cruzar el punto crítico no sin algún que otro pequeño incidente causado por el agua y nos acercamos a la zona del aeropuerto. Como quedaban muchas horas por delante nos metimos en un cine de un centro comercial cercano, era imposible salir al exterior. Todo parecía un poco surrealista. No recuerdo lo que vimos  pero sí que me resultaba imposible concentrarme en la pantalla. Tras la película decidimos que lo mejor era ir al aeropuerto aunque aún quedase mucho para la salida del vuelo. Existía, además, la posibilidad de que el vuelo saliera con cierta antelación, todo dependía del huracán. El campo de refugiados seguía allí instalado. No había histerismo pero sí tensión y ganas de salir de la isla. Embarcamos antes de tiempo y el piloto nos avisó de que habrían turbulencias. Nuestros cinturones de seguridad estaban bien apretaditos. Conseguimos despegar, con mucho movimiento y para evitar el ojo del huracán dimos un inmenso rodeo. En el avión había un silencio sepulcral. Y no fue hasta que el piloto nos avisó de que el huracán había quedado atrás que respiramos con tranquilidad. Todo el pasaje aplaudió con ganas. El nuestro fue el último avión que consiguió despegar. Después cerraron el aeropuerto.

El huracán siguió su trayectoria aumentando su fuerza. Pasó por Haití, Cuba y entró por el Golfo de México para luego golpear los estados del Sur de Estados Unidos. Se llevó por delante 41 vidas, más de la mitad en Haití. A pesar de su efecto mortífero no fue especialmente virulento. De hecho, luego averigüé que lo que a mí me pareció casi apocalíptico no merecía más que la calificación de Tormenta Tropical. El grado de huracán lo alcanzó cuando llegó a Haití y no pasó del nivel 1.  El huracán Florence que se acerca a las Carolinas va ya por huracán nivel 4, lo que significa entre 200- 220 kilómetros por hora. El famoso Katrina que devastó Nueva Orleans llegó a nivel 5.

Y viendo todos estos fenómenos de una naturaleza desatada, como el terremoto de México de 2017 del que dentro de poco celebraremos el primer aniversario, no puedo más que sentirme muy pequeñita, dar gracias al cielo por haberme librado de todos ellos y sentir un profundo respeto por la Fuerza de la Naturaleza.

track
Trayectoria del Huracán Isaac

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s