Aventuras y desventuras con el servicio doméstico

Antes de trasladarnos a México sabíamos perfectamente que el apoyo familiar era lo que más íbamos a echar en falta. Obviamente tendríamos todo su cariño en la distancia pero con dos hijas pequeñas a cuestas la importancia de la familia para que te eche un cabo cuando tienes compromisos es vital. Eso hacía que la búsqueda de alguien de confianza para ayudarnos en la casa  fuera una tarea de gran importancia. Necesitábamos estabilidad y estábamos convencidos de que México ofrecería ayudas para la casa de gente cariñosísima y de confianza.

Llegamos a Monterrey y nos recomendaron a una señora, aquí se las llama sin complejos aunque tengan 80 años “muchacha”, para que nos ayudara. Parecía la persona ideal: experimentada, recomendada, con un hijo ya mayor y unos 40 años.

Pero desgraciadamente me llegó un día con el: – “Señora, es que no me hallé”.

Yo con los ojos como platos. – “¿Cómo que no te hallaste? ¿eso qué significa?”.

En resumen que se iba a las tres semanas de estar en la casa porque el trabajo era demasiado. ¡Ya le había enseñado a hacer la tortilla de patatas! ¡Con lo que me costó que entendiera que no se echa el huevo  a la sartén y luego la patata sino que se cuaja todo junto antes! Un desastre. Debo confesaros que recién aterrizada en Monterrey y con el “no me hallé” sobre mis hombros me cogió un bajón monumental.

– “¿Qué hago ahora?” me pregunté.

Y no se me ocurrió otra cosa que lanzar un SOS vía whastapp al chat de madres del colegio. Inmediatamente se pusieron manos a la obra para echarme un cabo. Un amor.

Me pusieron en contacto con una señora a la que acuden chicas jóvenes para colocarse en las casas. Llamé al número que me dieron y  esta señora lo primero que me dijo es si la quería recién salida del racho o ya formada. Ahora eran mis orejas las que estaban como platos.

– “Pero… ¿cómo recién salida del rancho? Yo quiero alguien con referencias que sepa hacer un poco de todo y me ayude en la casa, la cocina y con las niñas”.

Debo confesaros que lo de recién salida del rancho me sonó fatal.

-“Señora eso no existe. Si quiere que cocine tendrá que contratar una cocinera, y si quiere una nana para que le cuide a los niños pues esa muchacha no le hará limpieza, necesitará por lo tanto otra para la limpieza”.

En resumen que aunque aquí el servicio doméstico es barato tenía que contratar a un regimiento que me iba a costar un ojo de la cara. Decidí obviar los consejos de esa señora y seguí buscando. A través de mi amiga Lynda conocí a una persona majísima: Gris. Una chica joven, originaria de Hidalgo, seria, lista, responsable y dispuesta a hacer diferentes tareas. Todo maravilloso. En su caso el problema, aunque últimamente ha mejorado muchísimo, era el absentismo laboral. Si hacía mucho frío o le surgía algún imprevisto llamaba y me decía que ese día no podría venir. Y se quedaba tan ancha. En resumen: habíamos mejorado pero seguíamos en precario.

Entonces mi marido se sacó de la chistera una solución.

– ¿Por qué no traemos de Ghana a la hija de Zak, ya debe tener 19 años, y ella no estará con todas esas tonterías? – me dijo.

Mi marido suele tener bastantes conejos en la chistera.

A mediados de los años 90 Gauden estuvo destinado en la embajada de España en Lagos. Allí conoció a Zak, que le haría de chófer, y con quién seguía manteniendo contacto. Su hija mayor, a quien Gauden conoció de recién nacida, ya había acabado la escuela y se había puesto a trabajar. Zak siempre le decía a mi marido que su hija podía ayudarnos en las tareas del hogar y que a ella le encantaría salir del Ghana. Acepté la idea con ciertas reticencias porque lo de Ghana y una chiquilla de 19 años me sonaba casi peor aún que “recién salida del rancho”.  Hablamos por FaceTime con ella un par de veces y me causó buena impresión. Y unos meses más tarde, a finales de octubre, tras un viaje larguísimo en el que tuvo todo tipo de problemas porque las autoridades de su país no entendían cómo una chica humilde se iba con visado a México vía España, les sonaba a trata de mujeres, aterrizó Zulaiya en Monterrey.

Diecinueve años a la espalda, negra tizón y dientes blancos impolutos. Algo más alta que yo, de complexión atlética y trencitas en el pelo. Muy buen inglés con acento africano pero ni una palabra de español. No paraba de sonreír. Estaba agotada por el viaje. Nunca había cogido un avión antes y para reunirse con nosotros tuvo que coger 4 por la cantidad de escalas que tuvo que hacer desde Accra. Pero estaba feliz de la oportunidad de salir de su país, conocer mundo y ganar un dinero que nunca hubiera podido ganar en Ghana. Y nosotros contentos de recibirla. En el momento en el que le dijimos que viniera trabajaba unas 14 horas al día en una panadería de Accra y le pagaban 50 dólares al mes.

Las niñas congeniaron con ella inmediatamente porque en realidad Zulaiya es una niña más. ¡Si es que acaba de cumplir 20! Salta en la cama elástica como un canguro, corre como una gacela y juega al UNO con un entusiasmo envidiable. Un verdadero acierto. Con su presencia en la casa conseguimos la estabilidad que tanto anhelábamos. Es como tener una hija medio independiente en casa… También se ocupa de la comida, cada vez mejor, y aunque no os lo había dicho es musulmana. ¿Y a qué no sabéis que ahora es el Ramadán? Pues como buena musulmana no puede probar comida ni bebida, entre las 6 de la mañana y las 8 de la noche o sea que durante este mes digamos que no le acaba de coger el punto correcto de sal, y es que ¿cómo hace un cocinero sin probar su puchero… ? En resumen, curiosidades por querer ser tan multiculturales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s