Las aventuras de Blanca en bicicleta

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Era un sábado nublado cuando recordé que mi hija llevaba años sin ir en bicicleta. A pesar de sus 8 años ya cumplidos había sido incapaz de aprender porque le producía pánico histérico. Se agolparon en mi mente los recuerdos de Perpignan en los que esa sensación de inseguridad que experimentaba Blanca estaba presente aunque llevara los ruedines. Por alguna razón, errónea sin lugar a dudas, yo estaba empeñada en que mi hija debía aprender a ir en bici antes de los cinco. Todos sus compañeros, incluso los más torpes ya iban en bici, ¿por qué ella iba a ser menos? A pesar de sus problemas auditivos, a los que quise achacar, no sé si con razón o sin ella,  ese miedo tan profundo a la bicicleta yo estaba emperrada en que eso había que superarlo. Con cuatro años empezamos a intentarlo con ruedines, y nada, por mucho que yo insistiera en que con ruedines era muy fácil fue un verdadero desastre. En el patio de la casa intentamos dar varias vueltas pero los gritos de terror unidos a la vergüenza de que todo el vecindario de Perpignan supiera que ahí estaban las españolas armando jaleo hicieron que decidiera posponer el objetivo. Y os puedo asegurar que cuando uno tiene miedo lo imposible se hace posible. Y esa aseveración mía “con ruedines es imposible caerse” se convirtió en falsa, y mi hija se cayó en más de una ocasión. De vez en cuando Blanca se sentía con ánimo y lo íbamos intentando pero al cabo del rato era yo quien perdía los nervios al sentir que tiraba la toalla a la mínima dificultad. Y no entendía la razón porque podía ir con patines o incluso esquiar. Lo que se suponía que tenía que ser divertido, el ir en bici y sentirse libre por poder ir rápido sin que tus padres puedan alcanzarte, se convertía en una tortura para ambas. Así que lo dejamos.

Pero por alguna razón ese sábado nubloso tuve una corazonada.  Había pasado mucho tiempo, casi dos años, desde nuestro último intento y con 8 años a la espalda Blanca estaba mucho más preparada. Además yo notaba que su equilibrio no era tan malo como para impedir que pudiera conseguirlo. El día anterior, además, habíamos bajado juntas a la bodega a buscar una botella de vino y al ver su bici allí aparcada fue inmediatamente a tocarla. Aproveché el trance para proponerle un nuevo intento. Se puso contenta. Recordé que poco antes había ido a cenar con mi marido a un restaurante peruano/mexicano que estaba ubicado en una placita estupenda del centro de San Pedro. Descubrir ese pequeño rincón fue revelador por lo poco frecuente que se da en este municipio. Una coqueta plaza cuadrada, con templete central para banda de música, rodeada por una tupida arboleda que le da gran frescura. En uno de los lados se erige el Palacio Municipal, en otro haciendo L, la iglesia de la Guadalupe. Ambas construcciones modernas y poco vistosas pero que atraen gentío y por consiguiente animación a la plaza. El resto del cuadrado se completa con casitas de colores de dos alturas a lo sumo que albergan alguna galería de arte, domicilios particulares o algún restaurante. Pero lo más importante es que la plaza disfruta de amplios carriles para ir en bici en seguridad y un tráfico muy reducido por las calles que la rodean. Le propuse ir allí al día siguiente.

Llegamos alrededor de las cinco de la tarde a la plaza Juárez. Blanca llevaba su bici, Martina el patinete y yo unas buenas bambas para poder correr al lado de la bici. Estaba preparada para lo peor. Y, ¡sorpresa!, no hubo que hacer nada. Pero nada de nada. Directamente Blanca arrancó y a dar vueltas. Yo casi con lágrimas en los ojos de la emoción. Y entonces empezó lo divertido porque se iniciaron las carreras y piques entre hermanas. Y obviamente pasadas un par de horas, cuando tocaba volver a casa, nadie quería irse de allí. Y mami como siempre tuvo que convertirse en sargento para hacerse respetar. Y por la noche, en el momento del besito de “buenas noches”, Blanca con los ojos que se le caían del sueño y una sonrisa en los labios, me susurra: “Mami, es que me encanta ir en bici. Quiero ir en bici siempre”. Y se rindió a su sueño. “Claro que sí mi amor”.

Y lo que aprendí de esta experiencia es que los padres no tenemos que dejar que los niños tiren la toalla pero ellos son quienes nos marcan el paso en su desarrollo, y si van algo más lento que los demás, incluso si van como tortugas, tenemos que conseguir aceptarlo de buen grado para saber ayudarles. Porque lo importante es llegar y disfrutar de su pequeño éxito.

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