Nuestro amigo Menouar, recuerdos de Perpignan

Había acompañado  a mi marido a una de las numerosas carreras en las que participó durante nuestra estancia Perpignan. A pesar del cansino viento que azota el sur de Francia, y especialmente el departamento de los Pirineos Orientales, su pasión por el atletismo unido a la enorme cantidad de “cours à pied” que ofrecía la zona hicieron que su participación en una competición deportiva fuera la tónica de los fines de semana. Yo le acompañaba de vez en cuando y casi siempre volvía a casa cargado de algún premio en forma de cesta de alimentos, incluso un jamón entró a casa. En una de esas carreras, en la de Toulouges, conocimos a nuestro amigo Menouar Benfodda. Una persona entrañable de la que te encariñabas con facilidad. Por alguna razón recuerdo perfectamente el momento exacto en el que le conocimos. Fue durante la entrega de premios en el polideportivo del municipio, fuera soplaba un viento infernal y hacía frío, Menouar tenía la cara enrojecida por el esfuerzo realizado y vestía ropa deportiva.

Como buen atleta Menouar era un chaval de unos 35 años, de mediana estatura, delgado y muy fibrado. Su cara era muy agradable, de rasgos  angulosos pero dulces. Tez clara, ojos claros y cabello castaño completaban el cuadro.  Nació en Argelia y se trasladó a Francia cuando sus padres emigraron siendo él casi un bebé. Era francés y se sentía orgulloso de sus orígenes. Su caminar solía ser renqueante, muy frecuente en los buenos atletas, entre ellos mi marido, como si el andar le produjera un dolor que solo apaciguara al correr, su verdadero medio. Y es que cuando Menouar alcanzaba velocidad se le notaba ligero como una pluma, corría de manera elegante como sin esfuerzo. Mi marido congenió con él de inmediato. Era un chaval muy espabilado, de simpatía genuina, absolutamente cristalino y compartían su pasión por el atletismo. Gracias a Menouar conocimos muchos rincones remotos del departamento. Nos enseñó frutales que crecían de manera salvaje a los que él nos llevaba para disfrutar de la naturaleza con nuestras niñas. Paisajes campestres espectaculares tanto de invierno como verano. Se lo conocía todo sobre los sitios y animales de la zona. Se notaba que los había corrido centenares de veces. Y gracias a él vivimos experiencias nuevas. Recuerdo que a mi marido se le metió entre ceja y ceja que quería comprar un cordero. O quizás Menouar se lo ofreció. El caso es que le llevó a un lugar donde supuestamente los corderos eran buenísimos. Mi suegra discreparía porque según ella lo que nos dio era oveja vieja y no cordero, pero eso es lo de menos. La novedad estaba en que Menouar se ofreció a que lo sacrificáramos juntos. Tened en cuenta que nosotros somos de ciudad. Y ahí ves a mi marido, a Nacedrine, hermano de Menouar, y a Menouar degollando a un cordero siguiendo el rito musulmán. Obviamente el animal debía mirar a la Meca. No entraré en pormenores pero sí os aseguro que ese animal debió sufrir bastante menos de lo que sufren la mayoría de los animales cuando les llevan al matadero.

Menouar vivía en Elna con sus seis hijos y su mujer. Como podéis imaginar por el nombre, origen y la enorme prole que cargaba a sus espaldas, era musulmán. Obviamente ese hecho no es nada infrecuente en Francia donde hay un montón de musulmanes pero sí es cierto que a pesar del enorme número de musulmanes que viven en ese país es poco frecuente que dos familias, una cristiana (aunque nada religiosa como la nuestra) y otra musulmana, compartan tantos momentos. La familia Benfodda era teóricamente bastante  abierta y nada extremista pero eso no impedía que la madre fuera cubierta con la típica túnica negra de los pies a la cabeza. Supongo que es el signo de los tiempos. En cualquier caso debo reconocer que ese símbolo tan claro de religiosidad creaba cierta barrera para que nuestra conversación fuera absolutamente fluida. ¿Cómo hablas de manera natural con una persona que va tapada de pies a cabeza?  Para ella el velo era parte de su identidad y se lo ponía voluntariamente. De hecho Menouar nos decía que prefería que no lo llevase. Es difícil de posicionarse al respecto sin tener en cuenta mil matices.

En otra ocasión tuvimos la suerte de compartir con ellos su cena de fin de Ramadán una vez el sol ya había caído. Obviamente la parte de la oración anterior a la cena nosotros nos la ahorramos pero pudimos disfrutar de los deliciosos manjares que habían preparado: sopa,  verduras, empanadillas estilo árabe, pollo halal y todo acompañado de un pan árabe casero delicioso. Por primera vez su hijo mayor, de 12 años, les acompañaba en el ayuno, ya se sentía con fuerza para ello. Los otros cinco eran demasiado pequeños. ¡Qué simpáticos eran todos!

Hoy justamente me estoy acordando de Menouar porque hemos tenido noticias de él. Ha salido en las noticias por haber corrido el último maratón de París en espardenyas, calzado típico de Cataluña,  y ha batido el récord del mundo al hacerlo en 2 horas y 35 minutos, sólo 20 minutos más que el ganador de la carrera. Le hemos visto en las noticias con su semblante tranquilo, compartiendo línea de salida con todos los keniatas negro tizón y ataviado con sus espardenyas color rojo y oro. Todo un personaje este Menouar. El año pasado la corrió en traje y corbata. Para que os hagáis una idea.

 

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