Visita a casa del alcalde

Corría el mes de septiembre cuando mi marido me anunció que el alcalde de San Pedro nos había invitado a una cena en su casa. Se trataba de una cena de bienvenida a la ciudad en petit comité. Hasta ese momento no había tenido ninguna referencia sobre Mauricio Fernández más allá de que era el alcalde del municipio donde acabábamos de trasladarnos a vivir. Pocos días antes de la cena mi marido dejó en el recibidor de casa un libro titulado La Milarca, le eché un rápido vistazo, era la historia de una bonita casa pero el trajín del día a día no me permitió prestarle demasiada atención.

El día de la cena nos arreglamos como de costumbre y cogimos el coche para dirigirnos a la colonia de Pedregal del Valle.  Llegamos al portón de entrada de La Milarca en la zona alta de la colonia, en medio de la sierra Madre, y nos recibió el personal de seguridad. Tras identificarnos entramos con el coche. Al final del camino nos esperaba un hombre de unos 65 años. Barba blanca, gafas, vestimenta informal y bolsito en bandolera. Desde el principio percibí que encarnaba el prototipo de persona que huye de los convencionalismos. Era Mauricio, alcalde de San Pedro, y con el tiempo he comprobado que poco en él puede ser considerado de convencional.

Entramos en la casa, de estilo colonial mexicano, y nuestras caras empezaron a iluminarse. Imagino que el alcalde habrá visto esa misma reacción en todas aquellas personas que visitaban su casa sin saber demasiado sobre ella. Se confirmaba la creencia popular sobre la existencia de tesoros artísticos ocultos en manos de colecciones privadas de las que el mundo es un absoluto desconocedor. Sin aviso previo estábamos ante uno de estos casos.

Nacido en el seno de una adinerada familia de Monterrey  Mauricio Fernández es bisnieto de Isaac Garza, fundador de la cervecería Cuauhtémoc. Desde pequeño desarrolló una sensibilidad especial por el arte y una poco común pasión por el coleccionismo. Ambos rasgos inculcados por sus progenitores. Cincuenta años más tarde los objetos coleccionados de gran valor se cuentan por miles, muchos de ellos heredados.

Nos adentramos en el salón de la casa para ser recibidos por un artesonado precioso a más de 12 metros de altura. Mauricio no tardó en empezar la explicación: el techo de madera era del s. XVI,  y provenía de un convento castellano. Lo adquirió en los años 70 a un coleccionista que, al parecer, iba a utilizar esa madera antigua para falsificar muebles. Este coleccionista  lo había adquirido, a su vez, de Hearst, el magnate de la prensa caracterizado magistralmente en Ciudadano Kane. Fue Hearst quien lo adquirió en España a principios del XX y lo  trasladó en barco a Nueva York. Estaba destinado a decorar su mansión en San Simeón. Pero llegó la gran depresión y se desprendió de él. El lamentable estado en el que se encontraba cuando fue adquirido por Mauricio y el enorme tamaño del mismo hizo que el traslado a México fuera un verdadero dolor de muelas. No es difícil deducir que esta adquisición permitió que el techo perviviera hasta nuestros días. Fue restaurado y montado. Toda la Milarca se construyó en función de ese techo. La casa por el tejado como le gusta explicar. Tras unos minutos de ensoñación puse de nuevo los pies en la tierra. Giré mi cabeza y frente a mi, a unos cinco metros, vi la cabeza de un Triceratops. Y un poco más a la derecha la de un T-REX. Yo no sabía ni qué decir.

Nos sentamos en los sofás y me fijé en la mesa de centro. Estaba llena de espadas antiguas. Entre ellas destacaba una. Mauricio continuó con sus explicaciones. Esa espada que llamaba mi atención era la espada que Hernán Cortés recibió como regalo de Carlos I cuando fue nombrado marqués del Valle de Oaxaca. En este punto mi enmudecimiento se rompió. Me encanta la historia y me sentía que en esta ocasión podía coger un cachito de historia de España con las manos. Le pedí pues al alcalde si me permitía sostenerla. Con toda la naturalidad del mundo se mostró encantado. Gauden me miraba divertido. Y ahí me tenéis a mí, bajo unos techos del siglo XVI, con un T REX a mi derecha y un Triceratops a mi izquierda, sosteniendo la espada de Hernán Cortés. Los tesoros que pudimos ver esa noche fueron impresionantes. Además del techo mencionado hay otros dos únicos en el mundo de enorme valor -uno policromado y otro de cerámica- de los siglos XIII y XIV. A eso hay que añadir miles de obras de arte popular mexicano,  una importantísima y valiosísima colección de fósiles y geodas de todos los tamaños, arcos góticos, cabezas de jíbaros, un primerísimo autorretrato de Frida Khalo, algún Rivera… y un largo etcétera de maravillas.

 

 

Durante la agradable conversación que mantuvimos Mauricio nos trasladó miles de anécdotas sobre negociaciones acontecidas durante su larga vida de coleccionista. Según nos comentó su deseo más que de acaparar había sido el de recuperar arte. Y es por este motivo que lleva años con la idea de convertir la Milarca en  un museo. Para ello tiene delante de sí una obra titánica: desmontar la Milarca actual y reconstruirla en otro lugar. Su construcción duró años, su reconstrucción otros tantos. Parece que la nueva ubicación ya ha sido decidida: el parque Rufino Tamayo en Valle Oriente.

Cuando el arquitecto Tadeo Ando visitó el lugar declaró que La Milarca debería ser Patrimonio de la Humanidad. Parece que Mauricio es de la misma opinión.

Por cierto, Milarca es el nombre de una doncella medieval castellana. Un nombre precioso para una casa – museo inolvidable.

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