Casi como un cuento de Disney

Permitidme una licencia. Os voy a explicar una pequeña historia que me inspiró uno de los últimos viajes que hice con mi marido. Una verdadera belleza que se nos quedará grabada para siempre. Por favor, visualizad el vídeo del final. Dice así:

Érase una vez una pequeña isla en el Pacífico en la que la Naturaleza, de manera caprichosa, esculpió majestuosas montañas para recubrirlas de frondosa vegetación. Ríos y cascadas nacen en sus entrañas para desembocar en el mar. Árboles mágicos habitan en ella acogiendo seguramente seres fantásticos. Una isla lejana, bañada por aguas de toda la gama de azules y turquesas, rodeada por un anillo coralino en forma de barrera protectora que amansa las olas que bañan sus orillas. Una isla con dos enormes bahías que, según dicen, eran el cráter de un enorme volcán.

Érase una vez una pequeña isla en el Pacífico donde habitaban gentes amables y tranquilas que disfrutaban del paraíso que la Naturaleza había creado para ellos. Otrora navegantes que habían surcado los mares del sur en sus rudimentarias naves buscando nuevas tierras donde asentarse, llegaron aquí y descubrieron una isla donde la voluptuosa vegetación crecía en unas tierras tremendamente fértiles. Los frutos se daban por doquier: piñas, aguacates, cocos, papayas o guayabas. Y muchos más. Todos ellos de sabores deliciosos porque el sol los mimaba y el abundante agua los alimentaba. La laguna tranquila, enormemente rica en peces, aseguraba su subsistencia.

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Más tarde a esta isla llegaron navegantes españoles. Aventureros que pasaron de largo porque tenían un objetivo más ambicioso que la conquista de una pequeña isla del Pacífico: dar la vuelta al Mundo. Pero que aprovecharon la ocasión para ponerle nombre y dibujarla en sus mapas. Después serían británicos y franceses quienes aquí se detendrían e instalarían. Y todos ellos parecían estar de acuerdo en la opinión de haber llegado al paraíso. Y es que si existe Dios, sin duda, habría  construido aquí su casa y habría mojado sus pies en estas aguas de mil azules antes de descansar bajo un cocotero.

Érase una vez una isla en la que en plena era de internet cae la noche y se hace la oscuridad. El bullicio se acalla y sus habitantes van a casa a descansar. Y no por necesidad sino como opción de vida. Y al despuntar el alba el sol baña nuevamente de vivos colores esa negritud y  descubre mil todos de verdes y azules. Un milagro de la Naturaleza. Y la única carretera que rodea la isla vuelve a poblarse de gente ataviada con floridos pareos multicolor y bonitas flores en su oscuro cabello. Y a menudo se les ve cargados con un par de baguettes bajo el brazo porque esta isla, en las antípodas de Europa, pertenece a Francia. La mayoría de sus moradores no son blancos sino maoríes. Hablan francés con un acento peculiar y nunca te hablan de usted denotando una gran cercanía.

Érase una vez una isla llena de leyendas de princesas que acababan transformadas en montañas. Una isla que Disney copió para trasladar su magia a todos los niños del mundo gracias a Moana /Vaiana. Una isla  con una hermosa hermana mayor llamada Tahití de características similares pero, quizás, menos mágica. Una isla de una belleza que yo no sabía que podía existir y que el turismo, quizás por su tremenda lejanía, no ha echado a perder. Érase una vez Moorea, pequeña isla del Pacífico sur al oeste de Tahití,  que he tenido el tremendo privilegio de poder descubrir. Pocas como ella deben quedar ya.

 

 

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