Algunas reflexiones desde la lejanía

Ayer recibí un libro que me envió mi padre: “Mezcal de la Seño Barrientos”, escrito por Ivo Fornesa. Al estar situado en México consideró que podía ser de mi interés. No estaba equivocado. En las primeras páginas el protagonista, hijo de diplomáticos mexicanos, lanza una reflexión que me pareció interesante porque me vi reflejada.

“La distancia que la vida diplomática implica no impidió a mis padres cultivar al alimón nuestra mexicanidad. Pero ya es sabida la común y general tendencia de los expatriados a edulcorar lo malo exagerando lo bueno de sus países de origen. Esta provinciana pero excusable actitud termina creando un país de ficción tanto para los narradores como para los vástagos oyentes.” 

Fue como mirarme al espejo. Los 9.000 km que nos separan de España provocan precisamente eso, que exaltemos las virtudes patrias y olvidemos sus defectos. No es morriña de la tierra.  Y menos aún cuando el país que te recibe, como es en este caso México, lo hace con los brazos abiertos, pero uno tiende a tener una visión selectiva de la realidad bastante curiosa. Además, cuando uno vive fuera descubre que nuestro país es muy admirado, y no sólo como destino turístico privilegiado, sino porque se le califica de serio y cumplidor. Esos halagos hacen que te llenes de orgullo. Viviendo fuera también aprendes la importancia que los nacionales de otros países les dan a sus símbolos. Franceses, mexicanos, canadienses, estadounidenses… todos tienen una estrecha relación con su bandera e himno. Y si eres español en el extranjero pues tu bandera y tu himno te parecen estupendos y todas las críticas que reciben dentro de nuestras fronteras no existen fuera de ellas.  Y la letra del himno de Marta Sánchez te parece estupenda porque todos los himnos debería tener letra para poder cantarlos. Cuando eres expatriado vives tu país de manera más amable.

Para nuestras hijas, además, España es sinónimo de vacaciones, primos y pasarlo bien. ¿Cómo no lo van a tener idealizado?

El libro sigue: (…) Nuestra esencia cultural afectiva quedó, por tanto, a salvo, pero con las lógicas alteraciones que comporta la transhumancia. Cada hermano adquirió acentos lingüísticos diferentes dependiendo de la edad con la que llegó a cada destino.”

Estas líneas me hicieron mucha gracia. Tengo dos hijas de 8 y 5 años. Ambas nacidas en Barcelona. La mayor vivió hasta los 4 años en España, luego otros 3 en Francia y el último año en México. Habla francés con bastante fluidez, lo mismo que inglés porque la tuvimos que cambiar de liceo francés a colegio americano. De hecho ahora hay cosas que le resulta más fácil decírmelas en inglés. Y su español cada vez está más amexicanado. Poco a poco veo como la mayoría de las zetas de su vocabulario van siendo sustituidas por eses, y van apareciendo palabras mexicanas. Como podéis imaginar el caso de la pequeña es aún más escandaloso. Nunca aprendió el francés, era demasiado pequeña cuando vivimos en Francia, pero ha mejorado mucho su inglés y su español ya es de mexicanita. Los “vosotros” no existen. Todo son “ustedes”. Y los vocablos mexicanos son abundantes: “Oigan, yo no quiero ir allí porque son puro niños”; “¡Está bien padre!”; o “Mami, es que batallo mucho con esta letra”. Mexicana de cabo a rabo. Lo único que no es mexicano es su carácter, y es que, como bien me dijo una madre del colegio. -“¡Oye tus hijas se enfadan como españolas?!”-. “Obviamente”, le contesté “¿cómo quieres que se enfaden si son españolas?”. Y es que los españoles tenemos fama, aquí en México, de hablar como de mal humor. Un dependiente del supermercado me lo preguntó una vez cuando le requerí por el pan bimbo: “-¿Señora, está usted enfadada?-“. Mi manera directa de hablar le sorprendió. Ellos son más de hacer millones de circunloquios hasta que te dicen las cosas, y nunca te dirán que NO a algo, aunque sean conscientes de que nunca lo van a conseguir.

Cuando vivimos en Francia nos hicimos amigos de una pareja de valencianos que llevaban casi veinte años en Perpignan. Estaban absolutamente integrados pero hablaban francés con un fortísimo acento español. Un francés aprendido ya en la edad adulta. En algunas ocasiones el acento podía resultar tan fuerte que parecía que no sabían hablarlo. Pero no era así.  Un día nos invitaron a su casa a comer paella, buenísima, y nos presentaron a sus hijos adolescentes. Eran muy agradables pero,  aunque hablaban español de manera fluída, se notaba que no era su lengua. Durante la comida yo observaba a los padres, valencianos de cabo a rabo que habían venido a Francia por trabajo y habían conseguido una muy buena posición. Y luego trasladaba mis ojos a sus hijos,  franceses hasta la médula que hablaban con ese gesto en la boca tan típico del vecino del norte. Y no lo conseguía entender muy bien. ¿Cómo podía haber esa distancia cultural en una sola generación?

Ahora veo a mis hijas hablando con acento mexicano y me pregunto ¿qué acento acabarán teniendo?, ¿llenaremos nuestras conversaciones de galicismos, anglicismos o cualquier otro ismo de donde estemos destinados? ¿Acabará siendo el inglés una lengua más fácil para ellas que el español? En realidad es toda una incógnita. Lo que sí sé es  que acabarán siendo Ciudadanas del Mundo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s