Y la tierra tembló…

En septiembre México sufrió una fuerte sacudida. La tierra tembló como hacía tiempo no se recordaba. El día 7 el epicentro se situó en Chiapas (magnitud 8.2) y unos días más tarde, el día 19, en Puebla (magnitud 7.1). La psicosis se extendió por el centro y sur del país debido a las continuas réplicas. Durante un tiempo muchos optaron por dormir en la calle. Aprendí muchas cosas sobre los terremotos. Los famosos triángulos de vida en los que hay cobijarse en caso de no poder salir al exterior, el tipo de terremotos, los movimiento de las  placas y las terroríficas réplicas. Prácticamente todo México, especialmente el centro y sur, es zona sísmica y eso se debe a que está localizado cerca de cinco placas tectónicas: Norteamérica, Cocos, Rivera, Caribe y Pacífico. Al día se detectan unos 40 temblores de baja intensidad y sólo de vez en cuando, en los puntos de fricción de todas estas placas, se producen los grandes terremotos por encima de 7 grados de la escala Richter.

Las imágenes eran sobrecogedoras: edificios enteros derruidos,  miles de personas sepultadas, carreteras y calles abiertas en canal. Ciudad de México se vio fuertemente afectada. También Puebla, Oaxaca y Chiapas. Zonas de recursos muy limitados. El destino quiso que ese mismo día se celebrara el 32 aniversario del terremoto más mortífero que había afectado al DF. El whatsapp echaba humo. Mensajes reclamando ayuda, gente preguntado si se tenía noticia de tal o cual persona. Mucho desconcierto y miedo. Ves esa desesperación y se te encoge el alma. Desde España nos llovían otros mensajes preguntándonos cómo estábamos y si en Monterrey se había sentido el sismo. Con el océano de por medio uno no es consciente de lo grande que es este país. Afortunadamente para nosotros el norte no se vio afectado más que tangencialmente. Las centrales eléctricas del centro habían sufrido grandes daños y el corte de luz duró casi 24 horas.  El balance de los terremotos de septiembre fue de casi 500 muertos, miles de edificios y carreteras afectados.

En España no suele haber terremotos. Ni desastres naturales de gran magnitud. Y cuando ha sucedido alguna tragedia, que desgraciadamente también las hemos vivido, no nos hemos sentimos directamente apelados a actuar ya que es el Estado quien responde. En México no. Del Estado esperas poco. Pero eso fortalece a la sociedad y gracias a ese vacío sucedió  algo para mí maravilloso: un tsunami de solidaridad invadió el país. Y ahí estaban TODOS poniendo su granito de arena. Un mexicano siempre ayuda a otro mexicano. Y bajo esa frase, que se repite a menudo, ricos y pobres, grandes y chicos ayudaron. Blancos, mestizo o indígenas. TODOS. Los ejemplos son infinitos. En Ciudad de México y  demás ciudades afectadas  urgía quitar ruinas. No se quería perder la esperanza de recuperar nuevas vidas. Y miles de personas ayudaron a ello. Muchos viajaron también desde otras zonas para colaborar. En el norte proliferaron como setas los centros de acopio.  Parroquias, cruz Roja, supermercados, asociaciones, casas particulares… Los propios colegios se convertían en centros de recogida de alimentos, ropas o plásticos que llevaban los alumnos más que orgullosos de poder ayudar. Todo el mundo durante semanas cambió su vida, su rutina y se volcó con el prójimo. Por supuesto que también hubo gente que intentó sacar provecho de la tragedia ajena pero  gracias al Facebook y al Whatsapp iban siendo desenmascarados. El mexicano se ganó mi admiración.

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