Monterrey, la Sultana del Norte

Aterrizamos en Monterrey el 31 de julio. Las vacaciones habían sido cortas pero intensas. La despedida triste. Mi marido se incorporaba al trabajo al día siguiente y las niñas tenían que pasar el más que complicado examen del American School antes de comenzar el colegio el 9 de agosto. El calor era asfixiante. Veníamos avisados pero no es lo mismo ver 40 grados sobre el papel que sentirlos en tu piel. Imposible deshacerse de él más que debajo del chorro del aire acondicionado. Ni siquiera las duchas frías aliviaban porque el cuarto de baño, que no tenía climatización, era un horno. Nos instalamos en un apartamento en la zona de Nuevo Sur. Muy bonito y cómodo. Las vistas eran preciosas. Nos sorprendieron enormemente las montañas. Ahí entendí lo de Monterrey. Al oeste la Huasteca, al este el cerro de la Silla, al norte el cerro de las Mitras y al Sur la Sierra Madre. Montañas que se erigen esplendorosas a los cuatro costados. Por la noche nos sentábamos mirando el cerro de la Silla. Todo era extraño pero tenía algo mágico.

Monterrey es una ciudad fundada en 1596 por Diego de Montemayor con una población de millón doscientos mil habitantes. Está ubicada en el noreste de México en el estado de Nuevo León a aproximadamente 200 km de la frontera de EEUU y a una distancia similar del mar. El área metropolitana está formada por 12 municipios (4.5 millones de habitantes) el tercero en población después de Guadalajara y Ciudad de México. Sin embargo, en importancia, el segundo centro de negocios del país. De la zona metropolitana voy a destacar tres municipios. Obviamente Monterrey, donde está el centro de la ciudad con su Macroplaza, sus edificios de Gobierno y el Parque Fundidora; Santa Catarina, que da nombre al río que cruza toda la ciudad y acoge el colegio americano; y, finalmente, San Pedro Garza García. Toda nuestra vida transcurre en estos tres municipios. En el último especialmente ya que es donde vivimos. San Pedro tiene unos 150.000 habitantes y la particularidad de ser el municipio con mayor renta per cápita de toda América Latina. Un oasis en muchos sentidos pero especialmente en seguridad y estupendos servicios sanitarios y educativos.

El regiomontano o regio, gentilicio de Monterrey, nos recibió con los brazos abiertos. Desde el primer momento, tanto las familias del colegio, las profesoras de las niñas como la gente que mi marido iba conociendo a través del trabajo, se ofrecieron a ayudarnos en lo que pudiéramos necesitar. Fue un gran alivio y siempre les estaré agradecidos. El mexicano es muy buen anfitrión y, quizás debido a las dificultades del país o a su historia propia, tiene un sentimiento de solidaridad encomiable. Los primeros meses fueron buenos pero complicados en determinados momentos. Adaptarnos a una nueva realidad tan lejos de España no fue fácil.  Venimos de familias muy extensas a las que estamos muy unidos, y sentirlos a todos ellos del otro lado del océano nos producía a veces sentimientos encontrados.

Dimos con nuestra casa a la semana de llegar. Mi marido se miró todo San Pedro en pocos días. Una verdadera proeza. Uno de los requisitos era la piscina. A 40 grados te da la sensación de que el frío ya no existirá nunca más en el planeta. Llegado el invierno veríamos lo equivocados que estábamos. A mitad de agosto nos instalamos. Pero nuestra mudanza no había llegado aún  así que de manera un poco rudimentaria, con algún mueble de jardín que nos dejó el propietario y un par de camas que compramos, empezamos a construir un nuevo hogar. A las niñas les compramos unos colchoncillos que pusimos en el suelo y jugábamos a hacer camping. Era divertido y siempre estaban muy contentas. La vida a los 4 y 7 años puede ser maravillosa. Estuvieron haciendo camping durante un mes entero hasta que, a mediados de septiembre, con alegría desbordada, recibíamos al camión de la mudanza.

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En San Pedro prolifera la casa sobre el apartamento. Se extiende de oriente a poniente bordeado por el conjunto de montañas que antes he mencionado. Y está cortado, en la zona oriental, por el cerro de la Loma Larga. Los barrios aquí se llaman colonias. Algunos tienen seguridad privada y otros no pero se vive con absoluta normalidad. Comes fuera, cenas fuera, vas al cine, llevas a los niños a casa de otros amigos o al parque de la colonia. Es una vida muy familiar donde los niños tienen un papel destacado. Las estadísticas de inseguridad en el país, que este año ha batido un récord, las lees en el periódico. Lo único que no se hace es pasear. No tanto por inseguridad sino porque no hay zonas de paseo. Las aceras no están bien acondicionadas. La ciudad es muy estilo americana y todos los movimientos se hacen siempre en coche. La única excepción se produce el domingo por la mañana cuando peatonalizan una de las vías principales de San Pedro y se desarrolla la iniciativa San Pedro de Pinta. Allí, todas las familias de San Pedro con hijos se acercan a pasear o a ir en bicicletas. Se organizan actividades para los niños y se establece un mercadillo con productos locales riquísimos. Ni que decir que todos los domingos nos encontrareis entre el castillo hinchable y los puestecitos para que los niños hagan manualidades.

Finalmente os preguntaréis por qué he titulado esta entrada “Monterrey, la Sultana del Norte”. Y es que, aquí, se la conoce así. Monterrey “se erige orgullosa cual Sultán en el norte de México”.

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